miércoles, 9 de marzo de 2016

El ejercicio dominical


Hace una década, cuando regresé a Bogotá, después de vivir en una ciudad donde podía tener una gran diversidad de activadas al aire libre y hacer ejercicio en muchos escenarios abiertos, traté de adaptar mi actividad física a esta ciudad. Salía a caminar por las calles,  pero la bulla y la contaminación era (es) abrumadora. Decidí continuar con lo que más me gustaba hacer: caminatas de montaña, y que mejor escenario que los cerros Orientales de la capital.  Me gustaba sobre todo el sendero que va al cerro del Águila, paralelo a Monserrate, actualmente cerrado. La caminata la iniciaba en el Parque Nacional para continuar su ascenso frente a la Escuela de Carabineros. Sabía que era algo inseguro, pero los fines de semana se veían grupos de caminantes y algunos policías bachilleres haciendo los recorridos. Subía solo llevando como menaje una botella de agua, una manzana y la cedula de ciudadanía metida dentro de las medias, con el fin que me identificaran. La contaminación del aire, visual y auditiva de la capital quedaban atrás, era solo girar a la derecha en una gruta de la Virgen, y todo el panorama cambiaba drásticamente. La llegada a la cima permitía ver unos de los paisajes más hermosos  y acogedores del mundo, el bosque andino de niebla. Un domingo, cuando me alistaba a salir, en las noticias anunciaron que una madre y su hijo habían sido asesinados a tiros por atracadores mientras ascendían por el sendero del Águila. Me quite las botas, las puse a un lado  y me tire a la cama ¿Qué más podía hacer? Odiaba  la ciclovía, además hay muy pocos sitios para hacer deporte o  espacios al aire libre  en la ciudad, y esos pocos siempre están muy llenos. Por lo tanto, en más tres años, no hice ningún ejercicio los fines de semana; un sedentario más en esta selva de concreto.

La ciclovía siempre me ha parecido la excusa perfecta para que los dirigentes distritales no hagan nuevos o mejoren los espacios de recreación y deportivos existentes en la ciudad. Aunque la organización de este espacio recreacional es excelente, el desorden lo imponemos la multitud de personas que participamos en él; desde los que se creen en competencias de alto rendimiento, hasta los que salen en grupo bloqueando el paso o caminando como en  una pasarela de moda. Para algunos la ciclovía del domingo y festivos es su cuota de ejercicio semanal, sin que nadie les haya dicho que el ejercicio ocasional y no regular aumenta drásticamente el riesgo de enfermedades cardiovasculares como el infarto y la trombosis. No es raro ver personas haciendo un esfuerzo descomunal para llegar a la Plaza de Bolívar, pletóricos, jadeantes  y con el estómago lleno después de los bocaditos  engullidos por la ruta.  

Pero, al no haber más, aprendí a disfrutar la ciclovía y las ciclorutas de la capital,  en mitad de su desorden, conductores esquizofrénicos y el humo en la cara. No obstante, siempre queda el sinsabor por escasa formación para el uso de estos espacios, la falta de nuevos espacios para realizar actividades físicas y el mantenimiento de los existentes.

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