Hace una década, cuando regresé a Bogotá, después
de vivir en una ciudad donde podía tener una gran diversidad de activadas al
aire libre y hacer ejercicio en muchos escenarios abiertos, traté de adaptar mi
actividad física a esta ciudad. Salía a caminar por las calles, pero la bulla y la contaminación era (es)
abrumadora. Decidí continuar con lo que más me gustaba hacer: caminatas de montaña,
y que mejor escenario que los cerros Orientales de la capital. Me gustaba sobre todo el sendero que va al cerro
del Águila, paralelo a Monserrate, actualmente cerrado. La caminata la iniciaba
en el Parque Nacional para continuar su ascenso frente a la Escuela de
Carabineros. Sabía que era algo inseguro, pero los fines de semana se veían
grupos de caminantes y algunos policías bachilleres haciendo los recorridos. Subía
solo llevando como menaje una botella de agua, una manzana y la cedula de
ciudadanía metida dentro de las medias, con el fin que me identificaran. La
contaminación del aire, visual y auditiva de la capital quedaban atrás, era solo
girar a la derecha en una gruta de la Virgen, y todo el panorama cambiaba
drásticamente. La llegada a la cima permitía ver unos de los paisajes más
hermosos y acogedores del mundo, el
bosque andino de niebla. Un domingo, cuando me alistaba a salir, en las
noticias anunciaron que una madre y su hijo habían sido asesinados a tiros por
atracadores mientras ascendían por el sendero del Águila. Me quite las botas,
las puse a un lado y me tire a la cama
¿Qué más podía hacer? Odiaba la ciclovía,
además hay muy pocos sitios para hacer deporte o espacios al aire libre en la ciudad, y esos pocos siempre están muy
llenos. Por lo tanto, en más tres años, no hice ningún ejercicio los fines de
semana; un sedentario más en esta selva de concreto.
La ciclovía siempre me ha parecido la
excusa perfecta para que los dirigentes distritales no hagan nuevos o mejoren
los espacios de recreación y deportivos existentes en la ciudad. Aunque la
organización de este espacio recreacional es excelente, el desorden lo imponemos
la multitud de personas que participamos en él; desde los que se creen en competencias
de alto rendimiento, hasta los que salen en grupo bloqueando el paso o caminando
como en una pasarela de moda. Para
algunos la ciclovía del domingo y festivos es su cuota de ejercicio semanal, sin
que nadie les haya dicho que el ejercicio ocasional y no regular aumenta drásticamente
el riesgo de enfermedades cardiovasculares como el infarto y la trombosis. No
es raro ver personas haciendo un esfuerzo descomunal para llegar a la Plaza de
Bolívar, pletóricos, jadeantes y con el estómago
lleno después de los bocaditos
engullidos por la ruta.
Pero, al no haber más, aprendí a disfrutar
la ciclovía y las ciclorutas de la capital, en mitad de su desorden, conductores
esquizofrénicos y el humo en la cara. No obstante, siempre queda el sinsabor
por escasa formación para el uso de estos espacios, la falta de nuevos espacios
para realizar actividades físicas y el mantenimiento de los existentes.
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