En Colombia ser docente universitario
podría estar dentro de las profesiones menos apreciadas. Algunos estudiantes de
ciertas áreas, ya punto a de graduarse, se refieren a la labor docente como “el escampadero”; mientras consiguen un puesto
estable buscan dar clases en algún establecimiento de “enseñanza superior”.
Para otros, los docentes son personas que no fueron exitosas en las respectivas
carreras y encontraron en ella el único camino laboral. Ambos casos son situaciones
reales surgidas de diálogos adentro de la comunidad universitaria. Pero más
allá del ser o devenir del docente, uno de las grandes dificultades es la vía y
forma de trasmisión del conocimiento, de
lo aprendido o adquirido mediante la práctica. Al parecer, y según los expertos
en educación, la enseñanza “no ha
cambiado mucho desde hace varios siglos”. La hipótesis entonces es que si se
trajeran mágicamente al siglo XXI desde la Época Medieval algunas de las
profesiones existentes, probablemente la única que podría ejercer sin mayor
tropiezo sería un docente. Obviamente si nos referimos al tradicional método
TLT (Tiza-Lengua-Tablero), el trasportado podría ejercer sin mayores tropiezos,
no obstante tendría grandes dificultades para adaptarse a los medios
tecnológicos actuales. Si bien las formas tradicionales de enseñanza se apoyan
en los avances de la educación y de medios electrónicos, es claro que Andreas
Vesalius enseñaría anatomía hoy tal como lo hizo en Padua en el siglo XVI; sin
embargo, en áreas relacionados con la biología
o la función celular, continuamos con métodos de enseñanza planos,
adinámicos y atemporales, en lugar de estructuras tridimensionales y
funcionales. Evocó un ejemplo del libro Educación
y Democracia de Estanislao Zuleta, donde un profesor de biología pinta un círculo
en el tablero con otro círculo más pequeño
adentro y dice que es la célula con su núcleo. El círculo externo representa la membrana celular, y así sería la
forma como un escolar la recordaría. Dice entonces Zuleta que se debería
explicar la membrana celular usando como ejemplo la piel, ésta nos separa del
medio ambiente, nos protege y nos ayuda al intercambio.
Se me antoja entonces, ilustrar el triangulo de la docencia
(emisor-mensaje-receptor) con el cultivo de la papaya, para lo cual simplemente
arrojamos la semilla de la planta en la tierra, posterior al devorar los cuadritos
de pulpa durante el desayuno, sin conocer acerca del sexo de los papayos. Tal
cual, existen papayos hembras y papayos machos,
obviamente indagando, aprendí que
existen los papayos hermafroditas. La función del papayo macho es polinizar el
papayo hembra para que de frutos. El fruto del papayo hembra crece y madura
grande, generoso; obviamente, en condiciones ambientales adecuadas, mientras
que el fruto del papayo macho es infértil o
produce una fruta pequeña y verde, la cual sino se desprende de la planta probablemente se absorba. Al final, sin intervención
humana, el destino de ambos frutos sería caer al suelo, pero con algunas diferencias. El fruto grande
generaría un estruendo al caer, se revienta y liberará jugo, pulpa y semillas. Este
material orgánico ya en el suelo permite crecer hongos ambientales, bacterias
benéficas, nutrirá la tierra con su material, además alimentará múltiples
insectos, aves y pequeños mamíferos. De forma opuesta, si el fruto del papayo
macho ocasionalmente cae, no causa estruendo, se seca y no repartirá
gentilmente su contenido orgánico.
El polen es entonces el mensaje entre
estas plantas, se produce un material fecundo de buena calidad para que
emprenda la jornada; por lo tanto, haciendo el símil, debe existir una cierta
cercanía espacial (una salón real o virtual), tener ambientes adecuados (bibliotecas, talleres,
salas digitales y simuladores), sin grandes obstáculos materiales o invisibles (se me antoja ondas
electromagnéticas), y obviamente un receptor
preparado con la suficiente madurez. De esta forma el fruto producido podrá ser
mucho mejor aprovechado por el ambiente donde se genere.
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