Al terminar el pregrado en la Escuela de Medicina
y acorde con mi entrenamiento, consideré que con el conocimiento adquirido en
conjunto con mi fonendoscopio y un baja lenguas, tomaría el mundo por asalto. En
la actualidad, trabajando en el área de
la inmunología y sin el síndrome de “Alejandro El Conquistador”, logré asimilar
que la formación profesional es un proceso continuo e interminable. Sobretodo
hoy en día cuando los avances de la medicina ocurren de forma rápida.
La Real Academia de la Lengua define la
inmunología como “el estudio de la inmunidad biológica y sus aplicaciones”1,
entendiéndose la inmunidad como el sistema de defensa de un organismo contra de
las agresiones externas e internas. Sin embargo, mucho antes de su aplicación biológica,
el origen de este término se remonta al imperio romano. Los Immunitas
eran un grupo de individuos que recibían trato especial por parte del estado como
beneficios y excepciones, principalmente tributarias; volviéndose posteriormente
privilegios políticos2. Por ende, existió primero la inmunidad
parlamentaria.
Se considera el inicio de la inmunología en
1796 con el desarrollo empírico de la vacuna de la viruela por el medico inglés
Edward Jenner. Pero solo hasta finales del siglo XIX con el uso de la
metodología experimental se describieron por ejemplo la fagocitosis y los
anticuerpos, dándose inicio a la construcción del complejo sistema inmune
y sus mecanismos tal como lo conocemos en
el siglo XXI. Esto sin olvidar el historiador y militar ateniense
Tucidides quien 400 años a. C. ya había
mencionado la protección contra la peste (inmunidad adquirida) en aquellos
individuos que ya habían padecido la enfermedad.
Esta área de la medicina con siglos de
evolución es parte de las denominadas Ciencias Básicas Médicas. Pese a su
antigüedad, no parece que tuviera la suficiente influencia en la formación médica
en nuestro medio. Dada la dicotomía entre
los cursos básicos y clínicos en las escuelas de medicina, ésta una de las
áreas llamadas a relegarse una vez se inicia la practica hospitalaria; en parte
se debe a la ausencia de una especialización en inmunología clínica. Si
bien se crítica al ejercicio médico por dividirse en compartimentos (ojos,
corazón, sistema digestivo, etc.), la inmunología es probablemente la más
desmembrada, repartida entre todas las especialidades médicas
existentes.
Durante mi formación en inmunología
básica, en el ejercicio de profesor universitario y como coordinador de un
laboratorio de investigación en inmunología he recibido todo tipo de retroalimentación
asociada a este brazo de la medicina. Menciono
algunos de los comentarios, los cuales reflejan el concepto que se tiene del ejercicio de esta: ¿Y usted para qué
sirve?, “la plata invertida en su formación
se desperdició”; y la número uno en mi lista es la del profesor que dice en
clase a los alumnos “No se queden como él que mira el linfocito que eso no
sirve para nada”. Lo interesante es que estoy totalmente de acuerdo con las
tres ya que es imposible cultivar en medio de la esterilidad. Sólo hay que mirar algunas contribuciones de la inmunología en
las últimas décadas como las múltiples pruebas diagnosticas utilizadas de
rutina en el laboratorio clínico, la disección de la participación de la
respuesta inmune en procesos muy lejanos al sistema inmune como los accidentes
cerebrovasculares, arteriosclerosis, entre muchas otras; y las nuevas formas
terapéuticas en enfermedades inflamatorias, autoinmunes y tumorales mediante el
uso de anticuerpos y proteínas recombinantes como citocinas. Es por eso que al iniciar
un nuevo ciclo de formación en el curso de inmunología, solo espero que las
próximas generaciones puedan pensar de una forma un poco más In-mundo-lógica.
1 www.rae.es. Pagina de la Real Academia de la Lengua Española
2
A Dictionary of Greek and Roman Antiquities. William Smith, LLD. William Wayte.
G. E. Marindin. Albemarle Street, London. John Murray. 1890.
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