miércoles, 18 de marzo de 2015

A mis padres (Para los que tienen problema de género: incluye a mi madre)

Amenazado por unos amigos de quitármelo, el libro que entre otras cosas cuenta sobre la familia y el afecto por sus padres, lo leí  llorando en muchas de sus páginas. Al igual que sirvió de catarsis para el autor -quien al último plumazo pudo concluir su tormentoso duelo paterno-, también lo fue para mí.  Aunque las circunstancias fueron muy diferentes, cuando lo terminé y después de 22 años de la partida de mi padre, solté las amarras.  Solo puedo dar gracias al escritor.

Los padres no solo aportan la genética, nos  forman el talante y lo que somos de adultos y como miembros de una sociedad. Por eso suelo decir coloquialmente a las personas cercanas, eso explica mi origen paisa, godo y católico.

De igual manera a en el Amor en los Tiempos de Cólera, así  me lo contaron los que lo vivieron. Así fue el amor de mi papá por mi mamá, el cual reviví leyendo la devoción de Florentino Ariza por Fermina Daza. Ella, de cuna antioqueña con padres protectores; él, mestizo e independiente, enfundado en ruana y sombrero, velando en la esquina del hotel de mis abuelos maternos. Su único anhelo, verla a través del balcón del segundo piso.  Mi madre con su vestido  juvenil,  reclinada en un guadual y con su mirada inocente; mi padre en traje y corbata montando bicicleta; ambas imágenes que siempre llevaré.  El cortejo no duro mucho ya que sigilosamente se casaron. Para simplificar sus dificultades, sólo citaré a mi tía: “Ay mijo, su mamá tuvo suerte; imagínese el mío: moreno y liberal”.

Uno a uno nos fuimos apilando los diez hijos; el del nombre repetido murió a los 5 años  y quedamos nueve: las dos mayores, los dos mayores, las tres chiquitas, el niño y la niña. Crecimos divididos, mas no separados, dos tribus muy útiles para divertirnos, pelear y hacer las labores de la casa. Para nuestros juegos olímpicos, con sus  inverosímiles competencias que se clausuraban con la entrega ceremonial de medallas: lata, carbón y guasca; y, obviamente, el brindis con las copas champañeras  llenas de “Premio roja”.

La música clásica sonaba en esos pocos acetatos de  larga duración, cuya frecuencia  de uso aumentaba considerablemente cerca a Semana Santa. El vino rojo, alguna veces  producido de forma ilegal: uvas rojas despellejadas embotelladas en vidrio ámbar y enterradas en el patio para su añejamiento. La lectura auspiciada por la fantástica y pequeña biblioteca enciclopédica, donde navegamos por la literatura mundial. De la enciclopedia temática nunca me interese en realidad por el libro de medicina, su única atracción eran las fotografías con procedimientos quirúrgicos y enfermedades deformantes. Siempre me llamó la atención que al lado de la Biblia de mi papá  estaban clásicos como Balzac y Cervantes. De casa también viene el placer por conversar, los crucigramas y el ajedrez.

Mi madre, la que aún nos cuida, la que nos vestía impecablemente a pesar que le destrozáramos el estreno (o el “estrén”) rodando por las colinas aledañas al pueblo, montados en cajas de cartón o patinando en calles sin pavimento. La de la moda lanuda, gracias a la tejedora con sus  diseños en tarjetas perforadas. La que nos dio el gusto por el conejo apanado-asado, el pato y el viudo de pescado. La de los remedios caseros para todos los males; ella la de la mano mágica para las flores y el jardín. La que entonaba con nosotros canciones colombianas cuando se iba la luz y la que  todavía nos canta las mañanitas por teléfono y nos despide con una bendición cuando colgamos.

Lo que somos en  gran parte se deben a esas experiencias y el haber estimulado  todos los sentidos. Lo que me gusta hoy no es producto del esnobismo, muy poco por el trasegar de la vida, pues en su mayoría son el producto de la infancia y la crianza.  No sé cómo verán sus padres las nuevas generaciones. Los míos, están ahí, en un pedestal para respetarlos y venerarlos, así como muchos de los padres de mi familia y de mis  amigos más cercanos.



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miércoles, 11 de marzo de 2015

La célula diferenciada

Para el desarrollo de un ser vivo es necesario el material genético contenido en el núcleo de una célula. En éste, el ADN o ácido desoxirribonucleico cuenta con los genes necesarios que van a dar las características de una célula específica y su función.  Las células  entonces formarán parte de un tejido, un órgano, un sistema  y finalmente un ser viviente. En el núcleo celular está todo el material genético de una persona. Si tomamos una muestra de sangre de la vena del antebrazo, en los glóbulos blancos obtenidos, podemos hacer pruebas para enfermedades genéticas que se manifiestan en el cerebro o en el pulmón. Esto sin necesidad de tomar una biopsia de dichos órganos para ver cómo se encuentra material genético allí mismo. Por lo tanto, una célula a pesar diferenciarse, conserva todo su material genético original.  El potencial genético de una célula fue parodiado en la película futurística de Woody Allen de 1973, “El Dormilón”. El protagonista, después de ser congelado en el tiempo, despierta 200 años mas tarde y  haciéndose pasar por un experto genetista debe clonar él líder. Para esto  solo cuenta con un pedazo de nariz que quedó de dicho líder, luego de un atentando. Pero la ciencia ficción se convirtió en realidad gracias a la clonación en 1996 de la oveja Dolly en Escocia. Los investigadores tomaron el ADN de una célula mamaria, que no se reproduce, y este núcleo lo metieron en el cascarón  de una célula embrionaria (oocito), que si se reproduce. Bajo las señales celulares adecuadas, se generó un embrión que luego se convirtió en el primer animal clonado en el mundo.

En Colombia, por algunas razones poco comprensibles,  las células no se diferencian o no dejan que se diferencien. Reflejo de esto son los términos y dichos de la cotidianidad como: “colombiano no se vara”, “se realiza todo tipo de arreglo” o “el todero”. La diferenciación en Colombia no existe o, simplemente, no se le da importancia, sobre todo hablando del nivel más fundamental e importante, esto es, el “tecnológico”. Es tan poco el respeto que se tiene el país por el trabajo realizado al nivel técnico, el cual ha sido relevado en el sistema educativo y  laboral. 

En el caso de la medicina, por muchos años se consideró que el  profesional que se necesitaba en nuestro medio era aquel que supiera hacer de todo un poquito.  Hoy en día, en la nueva forma de educación médica, se tiene claro que no se necesita un pequeño urólogo o un pequeño ginecólogo, se requiere un médico general con un conocimiento fundamental que le permita la atención y la resolución en el nivel básico. Obviamente este cambio en el “paradigma” en  la formación, medica ha generado discusión entre diferentes escuelas, pero la tendencia se mantiene y continúa.

En muchas áreas tecnológicas y profesionales vemos células que no se diferencian, desempeñando cargos no aptos o funciones más allá de sus potenciales reales. Si todas las células que componen el ser humano no se diferencian, solo seríamos una masa amorfa y disfuncional; por eso cada una debe cumplir su papel, así como lo debemos hacer nosotros en la sociedad para mantener la cohesión y la armonía del tejido social. Y si tomamos una muestra al azar de dicha la sociedad, como en un análisis de sangre, los resultados obtenidos  de estas pruebas realizadas son simplemente el reflejo de ésta.

Piensa como una célula pluri-potencial, escanea todo el material que tienes y escoge el mejor que puedas expresar, busca el medio ambiente que favorezca esa diferenciación. De esa forma la función que  desempeñarás será más fructífera y gratificante.

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lunes, 2 de marzo de 2015

Geopolítica médica

En las enfermedades transmisibles (infecciones), al igual que algunas enfermedades no transmisibles como las crónicas degenerativas con gran influencia del ambiente, se les trata de confinar a ciertos espacios geográficos; se les  imponen bordes artificiosos.  Los límites entre países son concepciones imaginarias político administrativas, restringidas a aspectos gubernamentales, pero poco pueden hacer estas delimitaciones con la propagación de microorganismos, el movimiento de los agentes vectores de enfermedades, la migración de los reservorios animales, de agentes infecciosos e, inclusive, con la diseminación de costumbres y hábitos alimentarios. No obstante, estas  delimitaciones ha sido usadas como un argumento a favor o en contra de la salud humana.
                                            
La geopolítica médica la podríamos definir entonces como la  forma en que a través de la geografía  y la organización de los estados, se trata de delimitar  e inclusive manipular la salud de una población. Por ejemplo, se puede bautizar una variación de un agente biológico con el nombre de la ciudad donde se detectó. Esta regionalización se ha usado, entre otras cosas, con el fin de generar pánico entre usuarios del turismo medico. De esta forma se trata de evitar que se acudan a determinadas instituciones o países donde usualmente los procedimientos médico-quirúrgicos son más baratos. En el 2010, una prestigiosa revista médica publicó un artículo sobre una nueva bacteria multi-resistente a los antibióticos la cual se denominó “variedad Nueva Delhi”. Este super-bicho fue encontrado en un paciente europeo a quien le realizaron un procedimiento quirúrgico en la India. Las alarmas medicas y científicas saltaron, inmediatamente se dieron a la tarea de la identificación y caracterización de dicha bacteria en hospitales alrededor del mundo. La sorpresa: en una semana se reportó la presencia de la misma bacteria “Nueva Delhi” en otros sitios,  inclusive algunos lejos de la India. La indignación del gobierno Indio no se  dejó esperar y finalmente, aunque fue una descripción valida y útil, el uso del nombre fue retractado. Así como en el caso de la bacteria Nueva Delhi, no necesitamos ir al norte de África en busca del virus de la Fiebre Occidental del Nilo;  o, de igual manera, podemos contagiarnos de la Fiebre de las Montañas Rocosas en el corregimiento de Tobia (departamento de Cundinamarca) a dos horas de Bogotá y sin  necesidad de visa.

Actualmente en ciertas partes del mundo hay brotes de enfermedades infecciosas que amenazan la salud global, especialmente de los niños, y contra las cuales existen vacunas.  Una de las razones para estos brotes es la tendencia a no vacunar, según algunos dada la “poca evidencia sobre la seguridad de las vacunas”; sin embargo, se usa la no-vacunación como arma de guerra. En Nigeria, Siria y Afganistán, los grupos insurgentes no permiten  vacunar contra la poliomielitis a ciertas etnias, combatiendo las poblaciones con armas biológicas naturales.

Con la movilidad humana se mueven las enfermedades; por ejemplo, procedente de África llegó a Brasil un barco que trajo Anopheles gambiae, el temible vector de la malaria en ese continente,  que casi se disemina por la selva de aquel país. Éste, a diferencia del tigre asiático (Aedes Albopictus), no se pudo radicar en estas  tierras. Sin embargo, transportado en aviones produce brotes de malaria entre maleteros en los aeropuertos de Londres, París y Ámsterdam. 

Así fue como el tráfico de osos perezosos como mascotas, nos trajo la Leishmania guyanesis desde la amazonia hasta los pueblos cafeteros de la región andina, donde produce leishmaniosis cutánea en sus habitantes. A pesar de todos estos antecedentes, la frase mas usada en geopolítica médica a nivel local es “eso en Colombia no existe”. Se trasmite filaríais linfática y esquistosomiasis intestinal en los llanos venezolanos y la amazonia brasileña, pero no en Colombia; estamos rodeados de países con triquinosis, trasmitida por carne de cerdo, pero, supuestamente, no la tenemos Colombia. Como si un gran Muro de Adriano nos protegiera de la llegada de estas enfermedades. Estudios hechos en Panamá muestran la presencia de diversos virus productores de encefalitis en humanos en la frontera del istmo con Colombia,  pero parece que el “tapón del Darién” es lo suficientemente eficaz como para  bloquear  la entrada de estos agentes  virales a nuestro país.

Por estas razones vale la pena, desde el punto de la geopolítica médica, traer la pregunta que siempre surge en los debates  sobre educación médica en  Colombia   ¿Y cuál es  el médico que el país necesita?


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