Amenazado por unos amigos de quitármelo, el
libro que entre otras cosas cuenta sobre la familia y el afecto por sus padres,
lo leí llorando en muchas de sus páginas.
Al igual que sirvió de catarsis para el autor -quien al último plumazo pudo concluir
su tormentoso duelo paterno-, también lo fue para mí. Aunque las circunstancias fueron muy diferentes,
cuando lo terminé y después de 22 años de la partida de mi padre, solté las
amarras. Solo puedo dar gracias al
escritor.
Los padres no solo aportan la genética, nos forman el talante y lo que somos de adultos y
como miembros de una sociedad. Por eso suelo decir coloquialmente a las
personas cercanas, eso explica mi origen paisa, godo y católico.
De igual manera a en el Amor en los Tiempos de Cólera, así me lo contaron los que lo vivieron. Así fue el
amor de mi papá por mi mamá, el cual reviví leyendo la devoción de Florentino Ariza por Fermina Daza. Ella, de cuna antioqueña
con padres protectores; él, mestizo e independiente, enfundado en ruana y sombrero,
velando en la esquina del hotel de mis abuelos maternos. Su único anhelo, verla
a través del balcón del segundo piso. Mi
madre con su vestido juvenil, reclinada en un guadual y con su mirada
inocente; mi padre en traje y corbata montando bicicleta; ambas imágenes que
siempre llevaré. El cortejo no duro
mucho ya que sigilosamente se casaron. Para simplificar sus dificultades, sólo
citaré a mi tía: “Ay mijo, su mamá tuvo suerte; imagínese el mío: moreno y
liberal”.
Uno a uno nos fuimos apilando los diez
hijos; el del nombre repetido murió a los 5 años y quedamos nueve: las dos mayores, los dos mayores,
las tres chiquitas, el niño y la niña. Crecimos divididos, mas no separados,
dos tribus muy útiles para divertirnos, pelear y hacer las labores de la casa.
Para nuestros juegos olímpicos, con sus inverosímiles
competencias que se clausuraban con la entrega ceremonial de medallas: lata,
carbón y guasca; y, obviamente, el brindis con las copas champañeras llenas de “Premio
roja”.
La música clásica sonaba en esos pocos acetatos
de larga duración, cuya frecuencia de uso aumentaba considerablemente cerca a
Semana Santa. El vino rojo, alguna veces
producido de forma ilegal: uvas rojas despellejadas embotelladas en
vidrio ámbar y enterradas en el patio para su añejamiento. La lectura auspiciada
por la fantástica y pequeña biblioteca enciclopédica, donde navegamos por la
literatura mundial. De la enciclopedia temática nunca me interese en realidad
por el libro de medicina, su única atracción eran las fotografías con
procedimientos quirúrgicos y enfermedades deformantes. Siempre me llamó la
atención que al lado de la Biblia de mi papá estaban clásicos como Balzac y Cervantes. De
casa también viene el placer por conversar, los crucigramas y el ajedrez.
Mi madre, la que aún nos cuida, la que nos
vestía impecablemente a pesar que le destrozáramos el estreno (o el “estrén”) rodando por las colinas aledañas al
pueblo, montados en cajas de cartón o patinando en calles sin pavimento. La de
la moda lanuda, gracias a la tejedora con sus diseños en tarjetas perforadas. La que nos dio
el gusto por el conejo apanado-asado, el pato y el viudo de pescado. La de los
remedios caseros para todos los males; ella la de la mano mágica para las
flores y el jardín. La que entonaba con nosotros canciones colombianas cuando
se iba la luz y la que todavía nos canta
las mañanitas por teléfono y nos despide con una bendición cuando colgamos.
Lo que somos en gran parte se deben a esas experiencias y el
haber estimulado todos los sentidos. Lo que
me gusta hoy no es producto del esnobismo, muy poco por el trasegar de la vida,
pues en su mayoría son el producto de la infancia y la crianza. No sé cómo verán sus padres las nuevas
generaciones. Los míos, están ahí, en un pedestal para respetarlos y venerarlos,
así como muchos de los padres de mi familia y de mis amigos más cercanos.
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