miércoles, 29 de abril de 2015

Síndrome Malajeta

El origen del Síndrome de Malajeta (SMJ)  se remonta al el siglo XIX en el Piamonte italiano, gracias a la descripción de las facies típicas de esta enfermedad por parte del doctore Pasquale Malatesta. El galeno Malatesta en una ocasión visitó al viejo Vizconde Inpolutto Torcuazo Sboccato, quien había sufrido un derrame cerebral. Este incidente ocurrió posterior a la caída del de la Casa de Saboya, regente durante el resurgimiento de la monarquía italiana. La lesión cerebral fue tan focalizado que el daño  sólo se manifestó como “incapacidad de voltear la cabeza, acompañado de una contracción voluntaria de los músculos faciales unilaterales en el lado contrario (contralateral) de la fuente donde se origina un saludo1.

Dibujo al carboncillo. Original del doctore Pasquale Malatesta2


Mucho se ha discutido acerca de la causa del SMJ, ya que se han documentado casos en todo el mundo. Dentro de las hipótesis propuestas se encuentra la teoría infecciosa.  En cohortes de individuos con el síndrome, se ha identificado la presencia de un VIPvirus, aunque con cierto grado de polimorfismo entre los virus aislados.  Esta teoría infecciosa se apoya también en la facilidad de diseminación del SMJ.  Inclusive se han descrito brotes epidémicos acompañado de tics verbales como ¿No sabe quién soy yo? La segunda teoría es la del origen hereditario. En un alto porcentaje de casos, los portadores se creen descendientes de la nobleza, aunque el grado de penetración genética es variable. Se han identificado algunos factores de riesgo epidemiológicos  asociados con este síndrome, entre otros la marca del celular y el “reality” preferido; mientras que las variables como estrato socio-económico, sexo y edad, no están asociadas.

Algunas de las variantes clínicas y fenotípicas del  SMJ incluyen:

SMJ tecnológico. Tiene dos manifestaciones principales: ponerse los audífonos o sacar el celular rápidamente del bolsillo o cartera, de esta forma se agacha la cabeza y se disimula. Se da principalmente en espacios cerrados como ascensores.

SMJ by proxy.  Se traduce por poder. En éste, deliberadamente se le transfiere a  alguien o algo que los acompaña. Ejemplo, jalar abruptamente el  collar de un perro al que pasean cuando éste se  ha mostrado amigable con una persona.

En los últimos años se han venido realizando grandes esfuerzos para entender el SMJ con el fin de encontrar algún tipo de tratamiento, antídoto o vacuna.

1. La storia vera di Malatesta e Sboccato: una nova malattia. www.esto_no_se_ncuentra_en_ninguna_parte.com.co


Gracias al doctor R. Castro por acuñar el nombre. Grazie Luca Annone. No se puede publicar ni reproducir sin autorización. Derechos reservados®.

viernes, 17 de abril de 2015

Consepsia

La colección de bacterias y hongos que poseemos en el cuerpo recibe el nombre de  microbiota. Ésta simbiosis entre microorganismo y humanos es indispensable para el buen funcionamiento de  órganos y sistemas como la piel o el tracto digestivo,  además mantiene el tono de la respuesta inmune. Los ratones de laboratorio criados totalmente libres de gérmenes son altamente susceptibles a las infecciones, cuando se exponen a microorganismos, y a otras enfermedades no infecciosas. Cada persona tiene su propia microbiota, la cual puede diferir entre zonas corporales. Por ejemplo, la microbiota de la mano derecha es diferente a la de la mano izquierda.  La  colección completa de microorganismos o el microbioma humano son tan específicos que pueden ser usados para rastrear el camino que coge una bacteria patógena en un hospital o quién se contaminó por un determinado paciente infectado. En el futuro, el microbioma humano, será usado con fines forenses, así que cuidado con sus huellas y sus bacterias, la evidencia podrían ser las suyas. Sin embargo, existe susceptibilidad individual a los microorganismos, por eso, lo que es normal para una persona podría producir enfermedades infecciosas en otros.

Se cree que con la edad nos volvemos inmunes o resistentes a ciertas enfermedades infecciones, pero la realidad es que no a todas. Al crecer, nos volvemos más escrupulosos y selectivos. En consecuencia, ya no compartimos los pimpones llenos de secreciones corporales como en el kínder, ni repartimos chupadas de paletas como en la escuela, ni se intercambian uniformes sudorosos después de los juegos como en el colegio, y tampoco comemos en cualquier esquina como en la Universidad, cuando el presupuesto sólo alcanzaba  para el andenazo  o el caldo de olla.

En fin, es bueno recordar algunos consejos para tener una vida microbiológica menos expuesta, por lo tanto aquí van algunas recomendaciones sobre asepsia y antisepsia diaria, lo que  llamaré “consepsia”:

Lavarse las manos es considerada como la primera y más importante medida de salud pública en toda la historia de la medicina; así que el primer acto al levantarse y después de una noche de rascado inconsciente, es lavarse las manos sin olvidar el cepillo para las uñas.

Inhibirse de la papa rellena, la empanada o el pastel de yuca en vitrina con bombillo, que es una perfecta incubadora para las bacterias y la producción de toxinas bacteriana. La “moztaguacaneza” acompañante, o esa mezcla interesante de salsa diluida en agua, en su contendor de plástico  y tocado por muchos. Enfriada en la noche y temperada nuevamente al día siguiente, cuyo “refill” se hace diario, se ha preguntado ¿cuántas veces habrán lavado la botellita hasta el  fondo? Sume: una barra de salsas, abierta y sin protector superior. Una deliciosa colección de medios de cultivo, expuestos para el aislamiento de todo tipo de gérmenes que provienen de las personas que hablan y mastican encima de estos mientras se sirven las porciones.

¿Ha lavado usted la tabla y el cuchillo o, más bien, desinfectado estos elementos de cocina después de cortar la carne y antes de preparar las verduras crudas para la ensalada o partir las naranjas para el jugo?  El cuchillo es un vector mecánico de agentes infecciosos encontrados en alimentos crudos.

Y, finalmente, aprendí cuál era la función de la tapa de la taza del  inodoro, además de servir de soporte para el adorno felpudo de colores vivos. En una sustentación de tesis sobre microbiología oral, me sorprendió cómo en pacientes con enfermedad periodontal avanzada había una alta frecuencia bacterias no habituales en la boca, pero si en materia fecal humana. Obviamente pregunte por el origen de estas bacterias; la repuesta fue aún más sorprendente: del cepillo de dientes, replicó el doctorando. Pues bien, el cepillo de dientes está en el mismo sitio del sanitario o baño. En consecuencia al vaciar el agua del tanque se producen aerosoles que terminan en muchas partes y elementos cercanos. Por eso baje la tapa, hágalo con mucha consepsia.

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lunes, 6 de abril de 2015

Primum non nocere- Primero no hacer daño

Como persona, una de las situaciones donde me siento más vulnerable es con la enfermedad. Durante el proceso, debo confiar plenamente en la enfermera que me cuida y me pone los medicamentos, en la bacterióloga que realiza mis análisis de muestras identificadas solo por un código, en el médico que me diagnostica y prescribe las ordenes; y, en general,  se podría continuar con la lista  de profesionales de la salud.  Es aún más complicado siendo médico. Usualmente, cuando asisto a consulta o voy al hospital, no comento sobre mi formación y trato de no participar activamente. Voy como se catalogan a aquellos que buscan atención médica: "el paciente" o quien espera con paciencia. En un médico busco la empatía como ser humano, además de calidez y compasión, y, sobretodo, formación profesional y conocimiento. Si el plan de salud que pago me lo permite, busco mis médicos con lupa. Escribo “mis” ya que a pesar que son muchas las personas que ellos ven, operan y atienden  en un día, son quienes velan por mi salud. Que mi médico o médica salude al entrar, me brinde un trato adecuado, me examine, me explique, me de las opciones y discuta las posibilidades existentes o no. La sensación de tranquilidad y gratitud es infinita, a veces hasta mejoro solo con ir y sin haber iniciado el tratamiento.

A mis 23 años y durante mi año social obligatorio, padecí una apendicitis aguda. Un lunes a las 3:00 de la mañana dado los síntomas, me auto-examine y la diagnostiqué. Esperé con paciencia hasta las  primeras horas del día y fui a la clínica Doble-Ese. Llegué directamente donde unos amigos cuya especialidad médica no era la quirúrgica. El portero de la clínica me vio caminando y dijo "Uy una apendicitis". La enfermera de la estación  la diagnosticó y la apendicitis aguda fue ratificada por mis amigos quienes de inmediato llamaron el cirujano de turno. El cirujano fue el único con dudas en el diagnóstico; obviamente quería confirmar y descartar otras afecciones, principalmente cálculos renales. El dolor era intenso por lo que me pusieron un analgésico intravenoso, tomaron muestras de sangre y de orina. Por cerca de veinte horas el cirujano no volvió a la clínica, no respondió las llamadas telefónicas y no contesto el beeper.  El dolor se volvió insoportable. A media noche ya no podía más, estaba muy comprometido y deshidratado. Recuerdo que enviaron al médico interno, el cual tampoco pensaba que era una apendicitis aguda ya que no presentaba fiebre, no había aumento de los glóbulos blancos, muy común en este cuadro clínico,  y el resultado del  parcial de orina nunca llegó. No hice fiebre ya que me prescribieron analgésicos dos veces más, lo cual me enmascararon los síntomas; el cuadro hemático no mostraba cambios porque me la enfermedad estaba en fase temprana, sumado a la acción anti-inflamatoria del analgésico. La muestra de orina la encontré en un muro del cuarto, pues nunca se realizó la prueba. Para resumir, pasé una de las peores noches de mi vida. Un día después de haber llegado, ya casi inconsciente, volvieron mis amigos de nuevo al turno, sin poder creer lo que veían. ¿Cómo, no lo operaron? me llevaron por los corredores a mil. En cinco minutos estaba en el quirófano. Me sentía feliz, más aún cuando vi la lámpara quirúrgica en el techo dando vueltas, pues me daba cuenta que estaba sedado y a punto de cerrar los ojos por la anestesia. El dolor cesó y desperté muy tranquilo en la sala de recuperación, aunque tres pares de ojos, cuyas caras ocultaban los tapabocas, me miraban fijamente con cara de pánico; no lo entendía, yo estaba bien. Pasé mi mano por la boca y lo supe, estaba en edema agudo de pulmón, pero el opioide que me aplicaron me tenía relajado. Me iban a llevar a la unidad de cuidado intensivo y  me pegarían de un ventilador, a lo cual me negué,  esto a pesar de la insistencia de mis médicos tratantes. Era joven y creí que debían darme esa oportunidad de salir adelante sin ventilación asistida. Me recuperé físicamente en un par de semanas, mentalmente no. Borré la cara y nombre de aquel cirujano que me  evaluó inicialmente. Si por casualidad leyera esto, ojalá me recuerde, yo a él no. 

Como profesor de medicina, hay muchas cosas que no entiendo, no comparto y  no acepto en el proceso de formación con los estudiantes; a veces pienso que es un problema generacional, pero no cuando se trata de la atención de otro ser humano. Por eso, ocasionalmente, hago un ejercicio en clase, le digo a los estudiantes: “miren a su compañero sentado al lado derecho, miren a su lado izquierdo, miren adelante y miren atrás.  Allí  está el futuro ginecólogo de su mamá, la pediatra de sus niños, su internista o su cirujano” ¿Lo quiere bien preparado o no?

NotaPrimum non nocere es un principio básico de la medicina cuyo origen es controversial, pero su aplicación nunca lo es.

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