lunes, 6 de abril de 2015

Primum non nocere- Primero no hacer daño

Como persona, una de las situaciones donde me siento más vulnerable es con la enfermedad. Durante el proceso, debo confiar plenamente en la enfermera que me cuida y me pone los medicamentos, en la bacterióloga que realiza mis análisis de muestras identificadas solo por un código, en el médico que me diagnostica y prescribe las ordenes; y, en general,  se podría continuar con la lista  de profesionales de la salud.  Es aún más complicado siendo médico. Usualmente, cuando asisto a consulta o voy al hospital, no comento sobre mi formación y trato de no participar activamente. Voy como se catalogan a aquellos que buscan atención médica: "el paciente" o quien espera con paciencia. En un médico busco la empatía como ser humano, además de calidez y compasión, y, sobretodo, formación profesional y conocimiento. Si el plan de salud que pago me lo permite, busco mis médicos con lupa. Escribo “mis” ya que a pesar que son muchas las personas que ellos ven, operan y atienden  en un día, son quienes velan por mi salud. Que mi médico o médica salude al entrar, me brinde un trato adecuado, me examine, me explique, me de las opciones y discuta las posibilidades existentes o no. La sensación de tranquilidad y gratitud es infinita, a veces hasta mejoro solo con ir y sin haber iniciado el tratamiento.

A mis 23 años y durante mi año social obligatorio, padecí una apendicitis aguda. Un lunes a las 3:00 de la mañana dado los síntomas, me auto-examine y la diagnostiqué. Esperé con paciencia hasta las  primeras horas del día y fui a la clínica Doble-Ese. Llegué directamente donde unos amigos cuya especialidad médica no era la quirúrgica. El portero de la clínica me vio caminando y dijo "Uy una apendicitis". La enfermera de la estación  la diagnosticó y la apendicitis aguda fue ratificada por mis amigos quienes de inmediato llamaron el cirujano de turno. El cirujano fue el único con dudas en el diagnóstico; obviamente quería confirmar y descartar otras afecciones, principalmente cálculos renales. El dolor era intenso por lo que me pusieron un analgésico intravenoso, tomaron muestras de sangre y de orina. Por cerca de veinte horas el cirujano no volvió a la clínica, no respondió las llamadas telefónicas y no contesto el beeper.  El dolor se volvió insoportable. A media noche ya no podía más, estaba muy comprometido y deshidratado. Recuerdo que enviaron al médico interno, el cual tampoco pensaba que era una apendicitis aguda ya que no presentaba fiebre, no había aumento de los glóbulos blancos, muy común en este cuadro clínico,  y el resultado del  parcial de orina nunca llegó. No hice fiebre ya que me prescribieron analgésicos dos veces más, lo cual me enmascararon los síntomas; el cuadro hemático no mostraba cambios porque me la enfermedad estaba en fase temprana, sumado a la acción anti-inflamatoria del analgésico. La muestra de orina la encontré en un muro del cuarto, pues nunca se realizó la prueba. Para resumir, pasé una de las peores noches de mi vida. Un día después de haber llegado, ya casi inconsciente, volvieron mis amigos de nuevo al turno, sin poder creer lo que veían. ¿Cómo, no lo operaron? me llevaron por los corredores a mil. En cinco minutos estaba en el quirófano. Me sentía feliz, más aún cuando vi la lámpara quirúrgica en el techo dando vueltas, pues me daba cuenta que estaba sedado y a punto de cerrar los ojos por la anestesia. El dolor cesó y desperté muy tranquilo en la sala de recuperación, aunque tres pares de ojos, cuyas caras ocultaban los tapabocas, me miraban fijamente con cara de pánico; no lo entendía, yo estaba bien. Pasé mi mano por la boca y lo supe, estaba en edema agudo de pulmón, pero el opioide que me aplicaron me tenía relajado. Me iban a llevar a la unidad de cuidado intensivo y  me pegarían de un ventilador, a lo cual me negué,  esto a pesar de la insistencia de mis médicos tratantes. Era joven y creí que debían darme esa oportunidad de salir adelante sin ventilación asistida. Me recuperé físicamente en un par de semanas, mentalmente no. Borré la cara y nombre de aquel cirujano que me  evaluó inicialmente. Si por casualidad leyera esto, ojalá me recuerde, yo a él no. 

Como profesor de medicina, hay muchas cosas que no entiendo, no comparto y  no acepto en el proceso de formación con los estudiantes; a veces pienso que es un problema generacional, pero no cuando se trata de la atención de otro ser humano. Por eso, ocasionalmente, hago un ejercicio en clase, le digo a los estudiantes: “miren a su compañero sentado al lado derecho, miren a su lado izquierdo, miren adelante y miren atrás.  Allí  está el futuro ginecólogo de su mamá, la pediatra de sus niños, su internista o su cirujano” ¿Lo quiere bien preparado o no?

NotaPrimum non nocere es un principio básico de la medicina cuyo origen es controversial, pero su aplicación nunca lo es.

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