Como persona, una de las situaciones donde
me siento más vulnerable es con la enfermedad. Durante el proceso, debo confiar
plenamente en la enfermera que me cuida y me pone los medicamentos, en la
bacterióloga que realiza mis análisis de muestras identificadas solo por un
código, en el médico que me diagnostica y prescribe las ordenes; y, en general,
se podría continuar con la lista de profesionales de la salud. Es aún más complicado siendo médico. Usualmente,
cuando asisto a consulta o voy al hospital, no comento sobre mi formación y
trato de no participar activamente. Voy como se catalogan a aquellos que buscan
atención médica: "el paciente" o quien espera con paciencia. En un
médico busco la empatía como ser humano, además de calidez y compasión, y,
sobretodo, formación profesional y conocimiento. Si el plan de salud que pago
me lo permite, busco mis médicos con lupa. Escribo “mis” ya que a pesar que son
muchas las personas que ellos ven, operan y atienden en un día, son quienes velan por mi salud.
Que mi médico o médica salude al entrar, me brinde un trato adecuado, me
examine, me explique, me de las opciones y discuta las posibilidades existentes
o no. La sensación de tranquilidad y gratitud es infinita, a veces hasta mejoro
solo con ir y sin haber iniciado el tratamiento.
A mis 23 años y durante mi año social
obligatorio, padecí una apendicitis aguda. Un lunes a las 3:00 de la mañana
dado los síntomas, me auto-examine y la diagnostiqué. Esperé con paciencia hasta
las primeras horas del día y fui a la clínica
Doble-Ese. Llegué directamente donde unos amigos cuya especialidad médica no era
la quirúrgica. El portero de la clínica me vio caminando y dijo "Uy una
apendicitis". La enfermera de la estación la diagnosticó y la apendicitis aguda fue
ratificada por mis amigos quienes de inmediato llamaron el cirujano de turno. El
cirujano fue el único con dudas en el diagnóstico; obviamente quería confirmar
y descartar otras afecciones, principalmente cálculos renales. El dolor era
intenso por lo que me pusieron un analgésico intravenoso, tomaron muestras de
sangre y de orina. Por cerca de veinte horas el cirujano no volvió a la clínica,
no respondió las llamadas telefónicas y no contesto el beeper. El dolor se volvió insoportable. A media noche
ya no podía más, estaba muy comprometido y deshidratado. Recuerdo que enviaron
al médico interno, el cual tampoco pensaba que era una apendicitis aguda ya que
no presentaba fiebre, no había aumento de los glóbulos blancos, muy común en
este cuadro clínico, y el resultado del parcial de orina nunca llegó. No hice fiebre ya
que me prescribieron analgésicos dos veces más, lo cual me enmascararon los
síntomas; el cuadro hemático no mostraba cambios porque me la enfermedad estaba
en fase temprana, sumado a la acción anti-inflamatoria del analgésico. La muestra
de orina la encontré en un muro del cuarto, pues nunca se realizó la prueba. Para
resumir, pasé una de las peores noches de mi vida. Un día después de haber
llegado, ya casi inconsciente, volvieron mis amigos de nuevo al turno, sin
poder creer lo que veían. ¿Cómo, no lo operaron? me llevaron por los corredores
a mil. En cinco minutos estaba en el quirófano. Me sentía feliz, más aún cuando
vi la lámpara quirúrgica en el techo dando vueltas, pues me daba cuenta que estaba
sedado y a punto de cerrar los ojos por la anestesia. El dolor cesó y desperté
muy tranquilo en la sala de recuperación, aunque tres pares de ojos, cuyas
caras ocultaban los tapabocas, me miraban fijamente con cara de pánico; no lo
entendía, yo estaba bien. Pasé mi mano por la boca y lo supe, estaba en edema
agudo de pulmón, pero el opioide que me aplicaron me tenía relajado. Me iban a
llevar a la unidad de cuidado intensivo y me pegarían de un ventilador, a lo cual me
negué, esto a pesar de la insistencia de
mis médicos tratantes. Era joven y creí que debían darme esa oportunidad de
salir adelante sin ventilación asistida. Me recuperé físicamente en un par de
semanas, mentalmente no. Borré la cara y nombre de aquel cirujano que me evaluó inicialmente. Si por casualidad leyera
esto, ojalá me recuerde, yo a él no.
Como profesor de medicina, hay muchas
cosas que no entiendo, no comparto y no
acepto en el proceso de formación con los estudiantes; a veces pienso que es un
problema generacional, pero no cuando se trata de la atención de otro ser
humano. Por eso, ocasionalmente, hago un ejercicio en clase, le digo a los
estudiantes: “miren a su compañero sentado al lado derecho, miren a su lado
izquierdo, miren adelante y miren atrás.
Allí está el futuro ginecólogo de
su mamá, la pediatra de sus niños, su internista o su cirujano” ¿Lo quiere bien
preparado o no?
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