La propiocepción, o el sentido de
lo propio, se podrían definir como la percepción física corporal. El sistema propioceptivo
es parte del sistema nervioso, el cual a través de receptores localizados en diferentes
órganos y sistemas como el muscular, el articular y el auditivo, nos permite
determinar la posición relativa de nuestro cuerpo en el espacio. Entre muchas
otras cosas en las que participa, también permite determinar la relación entre
los elementos del cuerpo, el equilibrio, la coordinación de los movimientos
corporales, su amplitud y la limitación de dichos movimientos. Obviamente, la
propiocepción en conjunto con los sentidos externos permite una interacción muy
fina y coordinada con el entorno. Para conocer que tan importante es este
sensor del cuerpo, se tiene como ejemplo un trastorno de la propiocepción denominado
el síndrome de miembro fantasma. Una persona a la cual se la ha realizado una
amputación en alguna de sus extremidades o inclusive un dedo, por dicho síndrome
la propiocepción continúa enviado mensajes cerebrales indicando que la extremidad
aún está pegado al cuerpo. De tal forma que la persona continua sintiendo
dolor, molestias o piquiña en la extremidad ausente. Lo contrario también se ha
descrito; esto es personas que no reconocen
su extremidad y creen que no les pertenece, además les estorba; tanto así
que en casos extremos genera una ansiedad tan marcada que la única forma de
controlarla es auto-mutilándose.
¿Estamos perdiendo la
propiocepción? ¿Es una un proceso universal o local? Esto se puede describir a
través de algunos casos cotidianos.
Caso
1. La nube trico-cegadora. En la cola de la caja del
supermercado se presentan varias alteraciones de la propiocepción. Entre ellas
están el apilamiento de las personas o el acercamiento del carrito o canasta del mercado al cuerpo de los demás. Sin
embargo, la más molesta esta asociada a
la señora de pelo largo que se cree filmando un comercial de champú, y súbitamente le zampa la melena en la cara
del vecino.
Caso
2. “La lleva”
en el ascensor. El morral cargado,
usualmente desproporcionado para el
tamaño de la persona, nunca es bajado de
la espalda por el portador. El morralero no incorpora el objeto como tal y no lo relaciona con su entorno. De esta
forma entra empujando a todo el mundo y
reduciendo la capacidad del ascensor en un 50%.
Y si tienes alterada la
propiocepción o no la tienes, pues usa tus sentidos (visual, auditivo y tacto) para que
te relaciones en el espacio. Mejor dicho ¡Ubícate¡
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