Lo mío fue una lengüeta de fuego que bajó del cielo. No
se por qué razón en segundo año del pregrado en medicina supe mágicamente que
quería ser inmunólogo; esencialmente porque no tenía referente, no conocía un
laboratorio, no teníamos acceso a
internet para actualizarnos en el mundo científico y no había guía espiritual para dichas lides. Al ser aceptado en una escuela de medicina, los
regalos familiares que incluían el fonendoscopio, el equipo para examinar los
órganos de los sentidos y el beeper, ayudaban a configurar definitivamente la
futura carrera medica clínica o quirúrgica. Nunca había oído de los médicos que
hacían doctorado, todo lo que conocíamos era las especializaciones médicas. No
obstante, un decano(1) que se sentaba con nosotros en la cafetería hablaba
de cómo al entrar a medicina todos marchábamos al ritmo de un tambor, nadie
quería perder el paso o salirse de la vereda trazada. En décimo semestre decidí que quería hacer el año de internado en
dos partes: las rotaciones básicas hospitalarias (urgencias, medicina interna,
pediatría, cirugía y especialización quirúrgicas) y una rotación en
investigación. Había escrito cartas solicitando cupo en centros de investigación
colombianos, finalmente me llegó una respuesta
de Cali(2). Envié entonces la solicitud al Consejo de Facultad para la autorización
de dicha rotación, pero fueron reacios en permitirlo. Hace 24 años era casi una herejía no hacer todas
las rotaciones requeridas. El apoyo
llegó de un segundo decano(3), una persona que me influenció desde
sus clases en el cuarto semestre y con el cual tuve muchas conversaciones
extra-curriculares sobre la vida. Finalmente me permitieron realizar mi anhelado
iniciación al mundo de la investigación
biomédica.
Llegué a un laboratorio por
primera vez en mi vida, no conocía nada acerca de su funcionamiento. Al
principio alguien se reía amablemente por las preguntas tan básicas que hacia,
desde la preparación de una solución hasta cómo usar una pipeta, entre muchas
otras cosas. Era tanta mi confusión que le pregunté a mi amiga profesora(4)
de bioquímica, si los médicos podíamos hacer un doctorado. Finalmente, terminé
haciendo el año social obligatorio en dicha institución, entre tubos, primates
y parásitos; para luego entrar en un programa de doctorado.
Durante mi pregrado se llevó a cabo una revisión curricular de la carrera de
medicina. Luego del trabajo realizado por estudiantes, profesores, egresados y consultores,
se llegó a la conclusión que no se necesitaba ningún cambio. La tendencia
actual nos demuestra lo contrario, más y más universidades colombiana están
cambiando sus currículos en medicina, permitiendo que sus estudiantes entren en
contacto con todas las áreas posibles, que van desde la administración en salud
hasta la investigación clínica y básica; pero aun así, estamos cortos
conservando esquemas de formación muy rígidos.
La introducción de la novedad en
el pensamiento y la ampliación de la base
de la profesión médica se ve reflejada en un nuevo programa de medicina de
tres años implementado por la Universidad de Tulane. En Estados Unidos medicina
es un posgrado de cuatro años, al cual se tiene acceso con un grado universitario
o bachelor. Lo nuevo de este programa no
es solo la reducción del tiempo, es que está dirigido a personas con doctorados
(PhD). Obviamente es fácil de entender que si alguien tiene un doctorado en biología, psicología o
física, la transición a medicina es cuasi natural. Pero no, es un programa abierto a cualquier doctorado. ¡En
serio, pregunte! ¿Y si llega alguien con un PhD en música y en filosofía lo
reciben?; la respuesta fue un contundente ¡Sí! Si un candidato califica, los cursos
iniciales son dirigidos. Obviamente, nada más refrescante que una nueva
generación con otra visión e ideas para que ayuden en la educación médica. Pese
a todo, aunque algo ha cambiado, la formación sigue siendo basada en las
propuestas hechas desde 1910 por el
educador Abraham Flexner.
Referencias. Nunca es
tarde para rendir homenaje aquellas personas que influencian la carrera y acá hay algunas numeradas en el texto:
(1)
Dr. Oscar Gómez Ceballos, Universidad de Caldas, Manizales.
(2)
Dr. Sócrates Herrera Valencia, Instituto de Inmunología del Valle, Cali.
(3)
Dr. Tulio Marulanda Mejía, Universidad de Caldas, Manizales. In memoria.
(4)
Dra. Cecilia Aguilar de Plata, Universidad del Valle, Cali.
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