sábado, 16 de abril de 2016

Lo que no enferma, defiende.


Siempre he criticado la forma como los médicos de manera persistente prescribimos algo o procedemos a contrarrestar de alguna forma los mecanismos que nos brinda la inmunidad innata. Mecanismo que nos protegen de un ataque microbiano y ayudan inducir defensas específicas que controlarán las infecciones u otras agresiones en el cuerpo. La inmunidad innata o natural son los mecanismos de defensa que vienen con uno desde el nacimiento, no necesitan entrenamiento con antelación para funcionar o contacto previo con ningún microorganismo para atacar y ser efectivos. Nos protege desde el mismo momento del nacimiento. Pasamos de  vivir en un medio estéril y muy cómodo para, de forma repentina, ser expulsados y  en el canal del parto confrontamos por primera vez con  la selva microbiológica. Tanto microbios “buenos” como malos, los cuales nos acompañaran por el resto de nuestra vida. Esta inmunidad es tan importante, que si alguien nace con un efecto marcado de ésta,  se producen  desde infecciones graves hasta  la muerte  neonatal. Los microorganismo (virus, bacterias, hongos y parásitos) que hacen parte de la microbiota corporal (piel, intestino, etc.) son fundamentales para mantener el tono de dicha inmunidad. Cada órgano y cada sistema tiene sus propios mecanismos innatos que van desde la organización anatómica, su parte funcional hasta las secreciones locales que producen sus células. Salivar, orinar, toser, el buen estado de la piel, el ambiente ácido del estómago, la secreción vaginal, entre otras, son parte de ésta inmunidad. Parpadear y llorar  no solo  limpian los contaminantes en los ojos, también el canal naso-lacrimal, por eso coloquialmente digo que ver novelas en televisión es parte de una buena inmunidad natural.  

No obstante la fiebre,  uno de los mecanismo más útiles del cuerpo, usado para el control del las infecciones y que sirve como disparador de la inmunidad innata, ha sido completamente satanizado. La fiebre se produce por el disparo del centro termorregulador cerebral, generado por  productos derivados de los microorganismo o moléculas secretadas por las células de la inmunidad innata expuestas a estos productos microbianos, aumentando en consecuencia la temperatura corporal. Se considera el temperatura corporal normal de 37.5 grados centígrados, obviamente con grados de variabilidad en una población tan heterogénea. Pues bien, esa temperatura corporal es ideal para el crecimiento de los microorganismo en el cuerpo y es la que usamos in vitro en los laboratorios para cultivar y mantener vivos los microbios.  De  tal forma que aumentado algunos grados de temperatura, ayudará a disminuir o bloquear el crecimiento de los agentes infecciosos en el cuerpo, esto mientras se prepara el arsenal de ataque inmune. Igualmente la fiebre genera fenómenos químicos y biológicos como la activación de células inmunes, aumento de la producción de moléculas microbicidas, inducción de mecanismos señalizadores intercelulares como las proteínas de choque térmico y liberación desde las barracas del hígado de cientos de proteínas que frenaran la diseminación de los microbios ¿Y qué es lo primero que hacemos ante el más leve aumento de temperatura? Pues tomamos o se prescribe un antipirético. Este rápido bloqueo al aumento de la temperatura alterará claramente el normal disparo de estos mecanismos de defensa; pero cuidado, porque otra cosa es la fiebre prolongada o la fiebre muy alta. Éste, como otros mecanismo innatos que se presentan de forma marcada o crónica, pueden ser síntomas asociados de disfunción del tejido u órgano que lo genera o de la enfermedad, pero no siempre. En general, perseveramos en anular dichos mecanismo mediante  uso de medicamentos, quitamos la tos, paramos la diarrea, usamos miles de antibióticos sin necesidad, para acabar con la microbiota, y por ende reducimos  los mecanismos de defensa innata.

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