Siempre he criticado la forma como los
médicos de manera persistente prescribimos algo o procedemos a contrarrestar de
alguna forma los mecanismos que nos brinda la inmunidad innata. Mecanismo que
nos protegen de un ataque microbiano y ayudan inducir defensas específicas que
controlarán las infecciones u otras agresiones en el cuerpo. La inmunidad
innata o natural son los mecanismos de defensa que vienen con uno desde el
nacimiento, no necesitan entrenamiento con antelación para funcionar o contacto
previo con ningún microorganismo para atacar y ser efectivos. Nos protege desde
el mismo momento del nacimiento. Pasamos de vivir en un medio estéril y muy cómodo para,
de forma repentina, ser expulsados y en
el canal del parto confrontamos por primera vez con la selva microbiológica. Tanto microbios “buenos”
como malos, los cuales nos acompañaran por el resto de nuestra vida. Esta inmunidad
es tan importante, que si alguien nace con un efecto marcado de ésta, se producen desde infecciones graves hasta la muerte neonatal. Los microorganismo (virus, bacterias,
hongos y parásitos) que hacen parte de la microbiota corporal (piel, intestino,
etc.) son fundamentales para mantener el tono de dicha inmunidad. Cada órgano y
cada sistema tiene sus propios mecanismos innatos que van desde la organización
anatómica, su parte funcional hasta las secreciones locales que producen sus
células. Salivar, orinar, toser, el buen estado de la piel, el ambiente ácido
del estómago, la secreción vaginal, entre otras, son parte de ésta inmunidad.
Parpadear y llorar no solo limpian los contaminantes en los ojos,
también el canal naso-lacrimal, por eso coloquialmente digo que ver novelas en televisión
es parte de una buena inmunidad natural.
No obstante la fiebre, uno de los mecanismo más útiles del cuerpo, usado
para el control del las infecciones y que sirve como disparador de la inmunidad
innata, ha sido completamente satanizado. La fiebre se produce por el disparo del
centro termorregulador cerebral, generado por productos derivados de los microorganismo o
moléculas secretadas por las células de la inmunidad innata expuestas a estos productos
microbianos, aumentando en consecuencia la temperatura corporal. Se considera
el temperatura corporal normal de 37.5 grados centígrados, obviamente con
grados de variabilidad en una población tan heterogénea. Pues bien, esa
temperatura corporal es ideal para el crecimiento de los microorganismo en el
cuerpo y es la que usamos in vitro en
los laboratorios para cultivar y mantener vivos los microbios. De tal
forma que aumentado algunos grados de temperatura, ayudará a disminuir o
bloquear el crecimiento de los agentes infecciosos en el cuerpo, esto mientras
se prepara el arsenal de ataque inmune. Igualmente la fiebre genera fenómenos
químicos y biológicos como la activación
de células inmunes, aumento de la producción de moléculas microbicidas, inducción
de mecanismos señalizadores intercelulares como las proteínas de choque térmico
y liberación desde las barracas del hígado de cientos de proteínas que frenaran
la diseminación de los microbios ¿Y qué es lo primero que hacemos ante el más
leve aumento de temperatura? Pues tomamos o se prescribe un antipirético. Este
rápido bloqueo al aumento de la temperatura alterará claramente el normal
disparo de estos mecanismos de defensa; pero cuidado, porque otra cosa es la
fiebre prolongada o la fiebre muy alta. Éste, como otros mecanismo innatos que
se presentan de forma marcada o crónica, pueden ser síntomas asociados de disfunción
del tejido u órgano que lo genera o de la enfermedad, pero no siempre. En general, perseveramos en anular dichos
mecanismo mediante uso de medicamentos,
quitamos la tos, paramos la diarrea, usamos miles de antibióticos sin necesidad,
para acabar con la microbiota, y por ende reducimos los mecanismos de defensa innata.
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