Para muchos es conocida la frase
“Eres lo que comes”; y aunque suena a
comercial trillado de productos adelgazantes, las ciencias biológicas y de la
salud están demostrando cada vez más que es muy real tal afirmación. La alimentación
no solamente debe ser vista como la fuente de nutrientes y de energía que sirve
para el mantenimiento de las células y las funciones de los órganos, también
como un controlador central de la homeostasis corporal o simplemente el
dicótomo salud-enfermedad.
Durante nuestra vida fetal,
mientras estamos calienticos y acolchonados en el vientre materno, nos
alimentamos a través cordón umbilical y,
posteriormente, solo necesitamos abrir la boca para saborear el líquido amniótico.
Ambos ambientes estériles, es decir que no contienen microorganismos como
bacterias ni hongos. Meses después somos abruptamente lanzados al medio externo
donde entramos en contacto con agentes microbianos de los que no producen y si
producen enfermedades, ósea los patógenos. Los microorganismos nos colonizan
desde que pasamos por el canal de parto, cubriendo los ojos, la piel, la boca y
luego todo el sistema digestivo. En unas
poca horas somos presas de un ataque microbiológico jamás visto. Esta
microbiota parece ser una huella que llevaremos
por el resto de la vida, la cual podría ser modificada por factores ambientales
como la alimentación. Estudios realizados en ratones, que albergan un solo tipo
de bacteria intestinal, indican que la dieta es fundamental en el mantenimiento
o eliminación de éstas. Las bacterias intestinales son abundantes y fundamentales
en el sistema digestivo donde interactúan directamente con la comida, ayudan al
procesamiento de los nutrientes y al control de la población de otros
microorganismos que pueden producir enfermedades. Pero esto no es todo, los
productos bacterianos interactúan con las células de la mucosa intestinal,
permitiendo un estimulo permanente para que se produzcan mecanismos de defensa
local y de esta forma mantener dichos microorganismos en la luz intestinal,
fenómeno que se conoce como mantenimiento del tono inmune. De ahí se hace clara
la importancia de las bacterias en la inducción de inmunidad mucosa y cutánea, además
permite ayudar a entender cómo el consumo de antimicrobianos (antibióticos o
anti-parasitarios) pueden afectar dicho equilibrio. Las alteraciones de la
microbiota puede generar enfermedades inflamatorias locales (gástrica,
intestinal o de colón) e inclusive
enfermedades sistémicas inflamatoria o autoinmunes. Infortunadamente se
sabe muy poco de la alimentación y su
influencia en la inmunidad, especialmente en la niñez.
¿Estamos todos los seres humanos
preparados para comer lo mismo? La alimentación humana esta globalizada, siete
mil millones de humanos deben ser alimentados diariamente; todos de diferente
origen racial, genético, con hábitos de vida diferente y por lo tanto con su
propia microbiota. Obviamente debemos consumir productos que se cultiven masivamente y se cosechen de forma rápida: azúcar
(caña de azúcar) arroz, maíz, trigo, soya y papas1; sumándole los
productos derivados de animales como los lácteos y cárnicos. Actualmente
tenemos estos mismos productos, pero transformados de forma genética; mediante
biotecnología se introducen genes de otras especies (ej. animales o
bacterianas) para asegurar el control de plagas, una producción mas rápida y
abundante. Por supuesto bajando costos y aumentando la productividad ¿Se sabe a
largo plazo cuál es el impacto de esos alimentos transgénicos en la salud de la
población humana y animal?
Desde hace unos años y gracias
a algunos trastornos digestivos, tan
comunes en la vida contemporánea, comencé una dieta empírica estricta la cual
basé en mi respuesta corporal a los diferentes grupos de alimentos.
Prácticamente paré de comer mezclas y
empecé a registrar el consumo diario para determinar qué me hacía bien o
qué me caía mal; igual, con un poco de ayuda de la medicina Ayurveda en donde la alimentación cumple un papel central.
Después de años de usar el método más antiguo de investigación “ensayo y el
error”, pude segregar de mi dieta aquellos grupos de alimentos que me producían
malestar, por lo que hoy puedo dar testimonio de mi mejoría ¿Volvería a mi
microbiota intestinal de mi estado normal? Esta aproximación empírica fue corroborada
cuando conocí la tendencia de los “Paleos”2
o personas que se alimentan como lo hacia los humanos en el periodo paleolítico
(hasta hace unos 10.000 años). La dieta
incluye el consumo de carne, imagino que no había antibióticos ni hormonas, nueces
y frutos rojos; se excluyen productos lácteos. Los defensores argumentan que
los humanos evolucionamos con los productos disponibles en su momento y que
tenemos dificultad para adaptarnos rápidamente a los cambios alimentarios
incluyendo agricultura masiva, altas cargas calóricas y aditivos, etc. ¿Estará
el consumo actual de alimentos asociado con el perfil epidemiológico de las
enfermedades en los humanos?
No soy experto en este tema, pero
si soy perito en lo que le favorece a mi cuerpo. Por ende seguiré consumiendo
alimentos simples y frescos, recién preparados, en lo posible sin preservativos
ni aditivos y comprando los productos de campesinos que cultivan con
técnicas eco-amigables3.
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Referencias
1. Food and Agriculture Organization (FAO). www.fao.org/home/es/
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