Cada vez que el altavoz suena en la exigua sala de espera del
aeropuerto la Nubia de Manizales, a uno se le paran los pelos. Lo optimistas
pensamos que el vuelo se aplazará unos minutos o un par de horas, los pesimista
gimen cruzando los dedos, y los conocedores saben que si el volcán emite
cenizas o se posa la nube al frente del hueco, entre la montaña por donde
pasaría el avión una vez éste despegue, el vuelo se cancela. Escenas de pánico,
amotinamiento y protesta se han visto. Otros hacemos un escape silencioso y rápido hacia los aeropuertos de Pereira o
Armenia.
La experiencia de volar a la Nubia la
conozco desde hace décadas. Para un novato volar en avión de hélices, entre
cordilleras y con aproximación visual, cosa que no saben, sería una experiencia extrema; algo así como
clavarse desde los 10 mil metros entre nubes, ver las montañas tan cercanas, la
curvilínea ciudad de Manizales chorreándose por ambos lados desde la carrera
23, las maniobras para esquivar el morro de Sancancio, sacar el tren de
aterrizaje sobre los tejados para terminar en la corta, pero reglamentaria, pista
del barrio la Enea en Manizales con una frenada en seco para devolverse a la
llegada. Amamos la llegada a Manizales y la pericia de los pilotos, cuenta de
esto lo dan las estadísticas.
Siempre reservo el lado izquierdo del
avión para ver la casa de mi hermano en el conjunto de viviendas aledaño antes de aterrizar, el
detalle es increíble: el parasol de la entrada, las plantas ornamentales, la
ventana de la alcoba principal. Nunca he
podido tomar una foto dada la velocidad de la entrada a la pista, pero lo seguiré
intentando.
En el aeropuerto la Nubia no hay
navegación automática, la aproximación es visual y guiada por los controladores aéreos, por eso
no se puede aterrizar de noche y el último avión sale porque sale a la capital
antes de las 7 p.m. Entre los lugareños al aeropuerto se le conoce como “Salsipuedes”, famoso por sus
cierres, cancelaciones y las derivaciones de los vuelos hacia aeropuertos
cercanos, todo dado por las dificultades climáticas y de naturaleza cercana,
como el Nevado el Ruiz. Súmele que hace un mes un avión no pudo aterrizar en Manizales
porque el controlador aéreo estaba desayunando, solo había uno, el otro estaba
en curso; el avión se devolvió a Bogotá. Igualmente desespera el abordaje lento,
todos sabemos que el cielo frente al aeropuerto se tapa con el soplido de un
lobo y a veces la diferencia entre arrancar o no es de segundos o minutos,
antes que la nube se pose en el horizonte. Los que sabemos tratamos
de abordar rápido y ligeros de equipaje.
Manizales esta en la punta de las montañas,
pero los valles del río Chinchiná y del río
Cauca están a menos de treinta minutos de la ciudad: planos, despejados y
abiertos. Y les dio por hacer un intento
de aeropuerto entre las montañas de un pueblo cercano Palestina-Caldas: el
aeropuerto del Café. Una década de dineros malgastados y un proyecto paralizado.
Aroma de café si tenía porque estaba entre cafetales, pero inviable según los verdaderos expertos.
Los invito a Manizales, vuelen a esta
encantadora ciudad, pero lleven un par de mudas de ropa extra; porque por ahora
seguiremos escuchando y alistando nuestras glándulas adrenales y sudoríparas
por muchos años más cuando en el altavoz de nuevo se sienta: el aeropuerto La
Nubia anuncia……
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